Expectación máxima y ambiente casi de circo romano en el Barcelona Open Banc Sabadell para ver una batalla extraoridinaria: la del gladiador Ferrer contra la amenaza máxima, Milos Raonic, 196 centímetros y 90 kilos de peso, andamio más que de sobra como para disparar ganadores con su derecha desde cualquier sitio y saques dirigidos con láser a más de 220 kilómetros por hora.
Argumentos más que suficientes para intimidar a cualquier hijo de vecino, salvo a Ferrer. Jugador acostumbrado al sufrimiento y espoleado por el desafío encontró las claves para interpretar el saque del canadiense y hacerle jugar más tiros de los que desearía. El cañón de Raonic encontró resistencia allí donde sucumbieron Almagro y Murray, desbordados por la velocidad y precisión de un jugador hoy fuera del top veinte pero que el día de mañana tiene reservado un lugar en el top ten. Al menos. Ferrer llegó vivo a los dos tie-breaks que decidieron el partido y, apretando a Raonic en los momentos decisivos, se alzó con un triunfo que le certifica como uno de los jugadores más fiables del circuito ATP.
El partido de Nadal tuvo menos historia. Como siempre que está al cien por cien de su confianza tuvo un inicio brutal que se llevó por delante a un Verdasco que apenas pudo argumentar nada en contra. El madrileño tuvo el mérito de agarrarse a la pista, no darse por vencido y enseñar los dientes al final con dos bolas de break sobre el servicio de su rival cuando el marcador indicaba un 5-4 en su contra. Ahí surgió el Nadal castigador, ocho veces campeón de Montecarlo y seis en Barcelona para zanjar cualquier discusión. Nadal no pierde un set en tierra desde Roland Garros 2011 y si mañana Ferrer quiere hacerle daño deberá jugar un partido aún mejor que el de hoy contra Raonic. Y eso, es mucho.



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